Mucho se habló en estos días sobre los 30 años que se cumplen del Mundial 78, más precisamente del partido que la Argentina le ganó 6-0 a Perú.

La columna de Ezequiel Fernández Moores en el blog Los Especialistas nos explica mejor todo, y de paso nos sirve para darnos cuenta como somos la mayoría de los argentinos.

¿Acaso somos masoquistas? ¿Elegimos recordar sólo de modo incómodo el trigésimo aniversario de la conquista de nuestra primera Copa Mundial? ¿No tendrían acaso más sentido que revuelvan en la mugre los holandeses, derrotados por Argentina en la final, los peruanos, víctimas del supuesto soborno, o los brasileños, autoproclamados “campeones morales” del 78? En Holanda, la prensa deportiva sólo habló en estos días de la Eurocopa. En Perú sí se habla del 6-0. Pero no del 6-0 del 78, sino del que propinó hace unos días Uruguay.

¿Qué buscamos entonces nosotros, si al fin y al cabo fuimos los campeones? ¿Acaso ese Mundial no fue el inicio de una nueva y definitiva era de trabajo serio y planificado para las selecciones argentinas? ¿Y no se ganó con un fútbol que, si bien fue más potente que preciosista, impuso una neta audacia ofensiva y arriesgó siempre por la victoria?

Pero no, aquí estamos, treinta años después, descubriendo que el dictador peruano, Francisco Morales Bermúdez, tenía a su hijo “Paquito” al frente de la delegación en el Mundial y realizó un sugestivo llamado telefónico al capitán Héctor Chumpitaz apenas horas antes del partido ante Argentina, como cuenta Gotta en su libro, en el que ofrece demasiados indicios de arreglos entre militares como para seguir pensando aún hoy en la inocencia del famoso 6-0.

Enterándonos que hasta el mismísimo Joao Havelange, entonces presidente de la FIFA, estaba tan al tanto de lo que pasaba en la Argentina que llegó a pedirle a su admirado general Jorge Videla por un desaparecido brasileño, como dice Llonto en su libro. O que el almirante Eduardo Massera mandó matar al austero general Omar Actis (primer presidente del EAM 78) y quiso matar también al entonces secretario de Hacienda Juan Alemann, como sugiere y cuenta el documental reflotado por Página 12. O que Sergio Renán acepta que cargará “de por vida” con la “llaga” (como él la llama), de “La Fiesta de Todos”, el filme de nombres famosos que ensalzaban a la Argentina mundialista de Videla, según confiesa el propio director en el documental de Rémoli. O que la mayor parte de los medios de prensa asistió silenciosa o cómplice a la fiesta de los goles y los cadáveres, como lo refleja el libro de Ferreira.

¿Y la Italia de Mussolini campeona del 34? ¿Y la Alemania campeona del 54 bajo la sombra del doping? ¿Y no hubo acaso dos arreglos bochornosos en el Mundial siguiente al de la Argentina, en España 82, los partidos Italia-Camerún y Alemania-Austria, éste último tan grosero que un diario de Gijón directamente publicó su crónica en la página de policiales? ¿Y los arbitrajes escandalosos del Mundial 2002 que llevaron al ex campeón mundial de ajedrez, Gary Kasparov, a afirmar que jamás había visto una estafa deportiva como esa? No todo puede ser manipulado. Si hubiese sido gol el remate de Rob Rensenbrink que pegó en el poste cuando terminaban los 90 minutos de la final, Holanda hubiese ganado 2-1 y no se habría ido al alargue que permitió el triunfo 3-1 de Argentina. Pero el racconto que nos contextualiza otras miserias mundialistas es necesario, aunque no sirva para aliviar las nuestras.

¿Nuestras? ¿Es que acaso somos responsables de la dictadura, de sus crímenes y de festejar su Mundial manipulado y de gastos sin control, a gusto y piacere del almirante Carlos Lacoste? En 2003, cuando fue el vigésimoquinto aniversario, los campeones del 78 rechazaron compartir su recuerdo en el Monumental con organismos de derechos humanos, que sólo querían pedir al menos por los más de trescientos pibes nacidos en cautiverio que siguen sin recuperar su verdadera identidad. Muchos jugadores, especialmente el DT César Menotti, se negaron creyendo tal vez que ello hubiese implicado admitir culpa, o vergüenza, por haber jugado y ganado el Mundial.

Por haberse prestado a la manipulación, aunque jamás se escuchó a alguno de ellos, aún en esas horas de puro chauvinismo, dedicarle el triunfo a los militares del Proceso. O como si ellos hubiesen sido los únicos protagonistas de un Mundial que fue festejado por casi todos. Unos saltando desaforados con los gritos del “Gordo” Muñoz y los goles de Kempes. Otros saliendo a festejar pero negándose al menos a tocar las bocinas de sus automóviles. Otros desahogándose con un grito de gol en su prisión de la ESMA, a 700 metros del estadio de River. Y otros, mientras había quienes sólo lloraban de dolor, subidos a los pulgares ensangrentados y felices del general Videla, como socios directos del horror.

Algo cambió ahora. Este domingo, en River, recordarán la fecha varios de los futbolistas campeones del 78 junto con víctimas directas de la represión. Estarán, entre otros, Héctor Baley, Luis Galván, Jorge Olguín, Alberto Tarantini, Omar Larrosa y Leopoldo Luque. “El sistema -escribió una vez Eduardo Galeano- nos vacía la memoria, o nos llena la memoria de basura y asi nos enseña a repetir la historia, en lugar de hacerla”. Y treinta años después aquí estamos. Tal vez excesivos, melancólicos, oportunistas e inevitablemente parciales. Pero, también, acaso intentando hacer la historia. Para no repetirla.

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