Jul
10
Esta situación se dio ayer por la mañana en radio La Red y describe brevemente el mundo que rodea a una de las grandes apariciones de la última década infame: Ariel Arnaldo Ortega.
Meta gambeta, “El Burrito” asombró a propios y extraños, dejó cinturas por el camino, goles para enmarcar, bailes de su autoría y desparpajo en cantidades pocas veces vistas.
El enésimo sucesor de Maradona se lució en River, brilló en la selección –aunque para algunos solo quede la foto holandesa-, empezó a descarrilar en Europa y terminó pidiendo pista en el fútbol local, escapándose de los turcos.
Ñubel y el Sr. López lo cobijaron, el alcohol corrió por las calles de Rosario, pero el periodismo no hablaba de él. Cuando alguien no se encuentra en River o Boca es difícil que las luces porteñas lo iluminen. Llegaba algún rumor, cierto comentario tendencioso y poco más. La enfermedad crecía a la par de algunas sutilezas en el verde césped, pero los faltazos no tenían un motivo cierto.
Llegó el club de Nuñez, lo volvió a tener en sus filas y Ariel cumplió su gran objetivo de volver a vestir la banda roja. Se lo trató como ídolo, se lo cuidó, se lo llevó a Chile y se lo mimó como un hijo. Los signos de interrogación se transformaron en exclamaciones y la prensa no dudó en rotularlo de “alcohólico”. Jugó bien, jugó mal, no jugó, la rompió y salió campeón. Pasó por todas las etapas posibles. Se abrazó a Passarella, insultó a Simeone y ahora sale a decir que quiere portarse bien.
Distinto por donde se lo mire, mágico hasta al hartazgo, con pinceladas propias de los elegidos, ahí va Ariel. El jujeño de Ledesma que con su rumbo errado no supo distinguir proa de popa, ni babor de estribor. Y que todos ven que se hunde, menos él.
Justo él, que supo frenar ante cada defensor, que nunca dudó a la hora de ir para adelante y de transformar en postes de luz a sus marcadores.
Ahora promete, una vez más, que todo volverá a la normalidad. El margen se acota y el tren no tiene signos de volver a darle otra oportunidad. Ortega debe parar la pelota, levantar la cabeza y confiar en sus condiciones. No le queda otra salida.




